Apenas veo la televisión. Si antes cada noche frente al televisor podía relacionarla con una serie y un canal (Plats Bruts-TV3, Aquí no hay quien viva –A3, C.S.I –T5 etc.) a día de hoy mi interés es casi nulo. Familias que por su política de fertilidad deberían ingresar en el cuadro de honor del Opus, grupos de amigos que deben producir por cervecita/hora en el bar y la repetición capítulo sí, capítulo también, del sexo como argumento principal (tamaño, problemas de erección, “mamá soy gay y vivo con una lesbiana”) han hecho distraer mi interés por la caja tonta (¿o es que nadie vio ese capítulo de Siete Vidas en el que la mayor gracia consistía en ver como la hija del Frutero le decía a su papi “quiero comer clítoris”?).
Sin embargo en medio de este panorama, que a mí personalmente me aburre, una serie como House (los martes en Cuatro) se deja ver.
Y se deja ver básicamente porque su protagonista, el doctor Gregory House, es una rareza. No es Emilio Aragón en Médico de Familia con sus sonrisas, su amor azucarado por la tetona Lydia Bosch y su árdua tarea de educar (mediante la intervención clara y directa del abuelo) a Chechu, ese gran incomprendido social*. No.
El doctor House viste sin la bata blanca doctoral y mantiene una relación poco cordial con sus compañeros de trabajo y sus pacientes. Al principio piensas que ni de coña te molaría tener un médico de cabecera como él. Es decir, un médico que en el caso de que estuvieras medio moribundo en el lecho hospitalario te diría que la vas a palmar como quien encarga dos naranjas al vecino cuando va al súper. Sin olvidar el consabido chistecito desagradable y fuera de tono de la marca House. Pero con la dinámica asimilada acabas por apoyar esa aspereza en el trato, esa ironía que transforma en chiste un tumor. O no, porque ahí también reside la gracia masoquista del personaje: mucha gente no lo aguanta pero lo sigue ya que necesita escuchar sus lindezas. Vamos, como con Mourinho.
A mí ese borderío me encanta. Obviamente porque la música de mis dos últimos telediarios no retumba realmente en mi cabeza. Pero la serie consigue que te enganches a la personalidad del peculiar médico. Y sí, por si alguien lo dudaba, la mayoría de pacientes se salva (aunque hace poco hubo una defunción).
Sin ser una gran joya, se agradece una serie que ofrece una visión particular sobre el mundo de la medicina y con un personaje tan excéntrico como el doctor House, un personaje intepretado perfectamente (esa mirada burlona es genial) por el actor Hugh Laurie.
Simplemente espero que su personalidad no acabe por convertirse en una parodia o que, en el peor de los casos, a los guionistas no les de por darle un excesivo aire dramático que acabe por aburrir a la ironía y a la a veces recomendable misantropía.
* No era un incomprendido social. Era un puto pijo.
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