Ver la televisión estos días es como asomarse a la sala de espera de un hospital. Una sala con suspiros, dudas e incógnitas acerca de lo que sucede al otro lado de la pared del quirófano.
No hay nada más mediático (y primitivo) que el sexo y la muerte. Y si alguno de estos dos hechos está protagonizado por una persona reconocida socialmente nuestro interés se multiplica hasta extremos desagradables. Si miramos cuando un coche siniestrado bloquea un carril de una autopista, ¿cómo no vamos a mirar si es Lady Di la que va dentro? ¿Podemos coincidir la muerte y el dolor sin ver sus consecuencias?
Ese impulso voyeur viene condicionado por la curiosidad, aunque también necesidad, de ver una persona despojada de cualquier signo de racionalidad. De este modo, el sexo indiscreto nos permite observar como el ser humano se vuelve animal y primitivo. Por su parte, la muerte nos iguala (y nos supera) al común de los demás seres.
Sin embargo, pese a de que ese morbo existe, las retransmisiones en directo de la agonía de cualquier persona siempre me han parecido un exceso. Ya sean folklóricas o niñas atrapadas entre el lodo de una riada. Pese a que la puesta en escena de la televisión pueda mostrarnos dicho acto como el espectáculo más mediático del momento no hay que olvidar que ese sufrimiento es real. Y además de real debería de ser íntimo. Si no, ¿qué nos queda?
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