Es cierto. Debería estar estudiando. Sin embargo estoy perdiendo el tiempo.Y es que en estas épocas evaluativas es complicado reconocer aquello de que "que bien se vive siendo estudiante". Vale, vale, uno puede hacer campana cuando quiera. Que tienes resaca, me salto la primera hora. Que hace calor, me voy al bar. Tal es la voluntad de algunas personas que hay estudiantes que apenas pisan un aula universitaria. Y después pasa lo que pasa, que llegan el dia del exámen y le preguntan al empollón de primera fila (un auténtico incomprendido social)por qué la profesora se ha canviado de sexo. "No, es que al segundo día de clase la substituyeron por este cabrón que nos hace leer tres libros complementarios a la teoria del exámen" ¿Libros?

Vengo de la biblioteca. Casi me muerden. Me ha dado por dar toquecitos con el boligrafo sobre la mesa. Quería comprobar si podía tocar la canción de la Champions con un boli Bic a modo de instrumento.Tocar, lo que se dice tocar no lo se, pero lo que es tocar las narices las he tocado mucho. Y mucho. En frente mío estaba sentada una chicha de mirada dispersa. Si, si, su mirada se dispersaba alrededor de los venticinco papeles que las rodeaban. Supongo que estaba "entendiendo el concepto".Un estrés de tía, no detenía sus hojos ante esas fotocopias más de 2 segundos. A veces le daba una fase histérica producida, en la mayoría de veces, por el recuerdo de un concepto fundamental. Como es lógico, ni idea de en que página podía volver a releerlo. Y de ahí, al llanto. Un drama.

A su lado había otro especímen de estudiante muy típico y conocido por el mote "diseña tu propio aprobado". ¿Sus apuntes? Un arco iris de colores con sus fosforistos rojos, verdes, naranjas, amarillos, su subrayado azul y sus post it de cuatros gamas cromáticas diferentes. Estas personas no deberían examinarse. El esfuerzo de hacer esa sinfonia pictórica, el trabajo de convertir una gris y malfotocopiada página de apuntes en un cuadro de Gauguin, ese gran esfuerzo que es la envidia de la biblioteca debería suponerles el notable matemático como mínimo. Yo es que no tiraría los apuntes una vez hecho el examen, oiga, con eso te sale un estucado monísimo. Y lo que es más importante, didáctico. Lástima que en el váter se ponga cerámica, lo que ahorrarían los fabricantes de champú en la tinta de las etiquetas de sus productos.

Otra categoría de estudiantes la componen aquellas personas que van a la biblioteca y no ven un libro. Que si ahora me llaman, que si tengo sed, que si necesito un descanso... Al final, de las cuarentas horas que pasan entre esas cuatro paredes solo aprovechan a fondo tres. Y gracias. Pero, ligar, ligan. O eso dicen ellos por ahí...

Por último estan los que estudian en casa, ese rara avis. Entre tus cuatro paredes se multipican las distracciones. De repente te da por probar si puedes estudiar tumbao en la cama. O en el sillón. O con los pies encima de la mesa. Los descansos se alargan, esa media hora viendo la tertúlia de "Gran Hermano" llega hasta la cocina de Arguiñano. No te das cuentas y en el informativo ya suena la sintonia de los deportes. Por no hablar de la nevera. Las empresas de cacahuetes y pistachos se frotan las manos con las épocas de exámenes. Y después por la noche llega el sentimiento de culpabilidad. En estos casos de estudio en tu habitáculo, cuando acabas tu último exámen tu vecino de en frente se alegra. Se sabe también la lección. Y a veces hasta tu oso de peluche te puede enumerar las caraterísticas del renacimiento. Aventajados alumnos aquellos que te escuchan.

Ánimo,lo mejor de todo siempre es acabar.

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