Después de un verano de estrenos cinematográficos realmente funestos, la cartelera parece que empieza a ofrecer productos interesantes. Uno de ellos es la nueva película de Alfonso Cuarón, el director de obras tan dispares como Y tu mamá también, Paris, je t'aime o Harry Potter y el prisionero de Azkaban. En esta ocasión, Cuarón ha decidido rodar un drama futurista protagonizado por dos estrellas con fama de calidad contrastada: Clive Owen, la nominadísima al Oscar Jualianne Moore y el prestigioso Michael Caine.

El drama reside en la historia: en el 2027 hace 18 años que no nace un niño en la tierra. El mundo, además, se encuentra inmerso en devastadoras batallas de todo tipo que no hacen si no confirmar la poca esperanza que el ser humano tiene en sí mismo. Londres es la única ciudad que resiste al caos y a la masiva llegada de inmigrantes en busca de un lugar en el que morir con alguna dignidad.

Como iba diciendo, Hijos de los hombres es un drama futurista y por lo tanto, lo que uno espera ante este tipo de películas, es una visión del futuro repleta de androides, nuevas tecnologías y una infinidad de avances que realmente evidencien el progreso del hombre (o si nos ponemos marcianos, que se evidencie que no estamos solos en el universo). Sin embargo el futuro de Cuarón tiene mucho que ver con el presente. Ni androides, ni porras. La película nos muestra un mundo en el que los coches siguen necesitando el asfalto para avanzar, la población sigue necesitando comer con platos y cubiertos, los inmigrantes siguen jugándose la piel para mejorar su presente, hay pobres, hay millones de pobres en guetos y los avances de la ciencia no han conseguido que el hambre sea una epidemia erradicada. La gente sigue matándose por cuestiones religiosas, los grupos terroristas de toda índole siguen estando al orden del día y los abusos y la represión gubernamental son de una brutalidad apabullante.

Y en medio de todo esto la población debe sobrevivir. Y debe sobrevivir a pesar de que son conscientes que la especie humana está apunto de desaparecer y a pesar de que la humanidad haya tomado la opción de liquidarse los unos a otros antes de que la naturaleza lo haga. En este sentido, uno de los mayores aciertos de la película reside en el hecho de que Cuarón haya decidido mostrarnos as diferentes variables de ese instinto de supervivencia. Por una parte, Julian (Julianne Moore)ha decidido liarse la manta a la cabeza y pasar a la acción directa. Jasper, un viejo hippy pacifista del futuro interpretado por Michael Caine, ha optado por alejarse de la humanidad para vivir en plena naturaleza, rodeado de música y de porros entre otras "cosas". Por su parte, la sociedad se ha visto obligada a abandonar prácticas inútiles como por ejemplo la limpieza de las calles, la restauración de los edificios o la protección del arte. Y Theo, Clive Owen, ha decidido no decidir puesto que el futuro no tiene sentido. Y no decidirá hasta que se vea obligado a proteger a la única esperanza de la humanidad y que vendrá de la mano de una de esas personas perseguidas que hasta ese preciso momento Theo había ignorado.


¿Hacia dónde se encamina el hombre?

Por lo tanto, nos encontramos ante un film con una guión interesante y que sorprende por la veracidad del desastre que nos muestra. La caracterización es estupenda y realmente hay momentos en que te estremeces porque piensas que ese futuro no está muy lejos del mundo en el que ahora vivimos. Pero no sólo es eso. La película tiene ritmo gracias, sobretodo, a unos magníficos planos secuencia que te aproximan tanto al personaje que parece que, en cualquier, momento vas a poder oler y a poder tocar el sudor, la sangre y las lágrimas de Clive Owen. El entretenimiento está presente desde el principio y eso que la película va claramente in crescendo hasta llegar a un final muy adictivo. No en vano, los últimos 20 minutos de Hijos de los hombres son para agarrarse a la butaca del cine y aguantar la respiración. Quizás el único fallo del film es que Cuarón no ha querido darle un toque épico (en serio que no) y, en consecuencia, a la película le falta la chispa final que la convierta en algo más grande. O quizás es que he visto muchas americanadas.

Eso no quita que el adjetivo "grande" pueda utilizarse perfectamente para definir la interpretación de Clive Owen. Sin estridencias, sin muecas a los Tom Cruise y con miradas que lo dicen todo. Yo, hasta me reconcilié con él después de haberle odiado por su participación en la horrenda El Rey Arturo, un film en el que se pasaba todo el metraje con cara de palo y con los morros pintados. Los demás actores del reparto ofrecen una interpetación coral que ayuda a que la película resulte creíble y nada forzada.

Otros estrenos interesantes parecen ser las dos últimas entregas de dos mitos de la dirección. Por una parte, Woody Allen con su habitual entrega anual titulada Scoop y protagonizada por Scarlett Johanson. Y por la otra, la última película del también neyorkino Martin Scorsese, ese hombre que rodó las míticas Toro Salvaje y Taxi Driver. Su nueva apuesta Infiltrados parece ser más ligera que Gangs of New York.

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