Martin Scorsese se sube al taxi de Travis Buckle

Martin Scorsese, neoyorquino e hijo de emigrantes italianos, es uno de los directores que mejor ha retratado a toda esa chusma que coexiste con el prototipo de familia perfecta y de moral incorruptible. Me refiero a todos esos chulos, camellos, ladrones, asesinos, atracadores, pandilleros, drogadictos o timadores sin los cuales, el cine no sería lo que es. Infiltrados, su último estreno, es una buena muestra de su cine rápido y de mirada nerviosa. La película llega tras producciones mucho más faraónicas como El aviador, la biografía del excéntrico Howard Hughes, y sobretodo tras la pesada Gangs of New York. Sin embargo, en esta ocasión, Scorsese ha dejado de lado los efectos especiales y los grandes presupuestos a los que últimamente nos tenía acostumbrados y, en cambio, ha rodado una película más cercana conceptualmente a obras como Malas Calles o Uno de los Nuestros. Aunque en esta ocasión Scorsese se ha pasado el otro bando. O casi.

Porque en Infiltrados no nos encontramos a ese mágico dúo formado por Rober De Niro y a Joe Pesci comiendo espaguetis después de una matanza entre grupos mafiosos. Esos tiempos en que no se entendía a Scorsese sin De Niro (y Joe Pesci o Harvey Keitel) han quedado atrás y nos han dejado films imprescindibles como Casino, aquella película que empezaba con De Niro volando por los aires tras un atentado. De hecho, Leonardo Di Caprio, ese actor que parecía condenado a ser una y otra vez el rey del mundo (por lo de la horrenda Titanic), es ahora el nuevo actor fetiche del reputado director. En la actualidad, Robert De Niro ya no interpreta a pseudo psicópatas como Travis Buckle, el taxista más famoso del mundo. Ahora se dedica a la comedia. Y siguiendo con los cambios, en Infiltrados son los irlandeses y no los ítaloamericanos los protagonistas de engaños, grupos mafiosos y palizas en los patios traseros.


Mark Walhberg y Matt Damon se ponen gallitos

Pese a todas estas novedades Martin Scorsese, un cinéfilo empedernido, sigue en su nueva película fiel a sus principios. Es por eso por lo que, tal y como viene siendo habitual en sus cine (y hay muchos ejemplos), nos encontramos ante una película coral que incluye a pesos pesados como un Jack Nicholson relamiéndose con un personaje hecho a su medida o un con Martin Sheen interpretando a un jefe de policía realmente entrañable. Por otra parte, en Infiltrados también aparecen nuevas caras en el cine de Scorsese. Matt Damon vuelve a demostrar que el buen actor era él y no el cara de palo de Ben Affleck (ambos escribieron e interpretaron juntos la oscarizada El indomabe Will Haunting). Por su parte, Alec Baldwin sigue en buena racha tras divorciarse de Kim Basinger (los divorcios funcionan en Hollywood) y Mark Wahlberg ya deja muy atrás su juvenil etapa en New Kids On the Block (una especie de Backstreet Boys) para interpretar de manera excelente a un carismático malhablado y chulito que te llega al corazón. Los actores destacan, pero lo que sobretodo resalta y funciona el espléndido guión de William Monahan, un tipo que (no me lo puedo creer) ya fue guionista de la horrible El reino de los cielos. Monahan realmente consigue atraparte con varias tramas que se cruzan entre sí pero que en ningún momento desorientan al espectador. Por su parte, Scorsese da al film un ritmo constante pero sin llegar a ahogar.

Guión, ritmo y actores. Tres pilares fundamentales para entender el cine de Martin Scorsese, un director que siempre ha sacado lo mejor de sí mismo cuando ha utilizado estas herramientas para retratar a la mafia o a personajes tan extremos como el boxeador Jack La Motta en Toro Salvaje. Malas Calles (1972) ya fue un primer aviso de lo que el neoyorquino era capaz de hacer: películas violentas, con mafiosos y ambientadas en Nueva York. Fue la primera colaboración entre Scorsese, De Niro y Harvey Keitel. Sin embargo, esa primera película se queda muy atrás si la comparamos con Taxi Driver (1976), la historia de un ex combatiente en Vietnam metido a taxista nocturno y que de repente decide acabar con toda la basura de Nueva York. Lástima que en lugar de ser un Jesucristo moderno que apuesta por la comprensión y la reinserción a base de bondad y fe, el perturbado Travis Buckle decide optar por la vía directa. Taxi Driver es de obligado visionado no sólo por su aire oscuro y viciado (como la noche) y no únicamente por las estupendas interpretaciones de un Robert De Niro muy metido en su papel (tanto que se encaró de manera improvisada con un miembro del equipo de rodaje al que le dijo ese famoso "Are you talking to me?") y del gran trabajo de la joven de Jodie Foster. La historia, la estética y casi todo está en su perfecta y justa medida.

Tras el musical New York, New York (77), una película que contó de nuevo con la participación de De Niro pero que tuvo una acogida mucho más gélida que Taxi Driver, Scorsese, en la cima junto a Francis Ford Coppola o Steven Spielberg y tras superar sus problemas con la cocaína, decidió retratar el auge y la caída del boxeador Jack La Motta. Rodada en blanco y negro, Toro salvaje nos pone de nuevo tras la estela de un personaje singular a medio camino entre la locura y rodeado de violencia. Scorsese siempre ha dicho que ésta es su mejor película. Y es que esas escenas en el ring con un La Motta que a cada puñetazo que recibe, toca un poco más el fondo se te quedan clavadas en las retinas. Por cierto, que De Niro consiguió su primer oscar como protagonista por su espectacular interpretación en esta película. No solo se lió a hostias, sinó que también engordó 20 kilos para interpretar la etapa de decadencia de De La Motta.

Quizás los dos últimos clásicos de Scorsese sean Uno de los nuestros (1990) y Casino (1995). Son dos propuestas centradas de nuevo en personajes que viven fuera de la legalidad y que forman un clan casi familiar pero muy particular. De Niro y Pesci vuelven a estar presentes. Y para enojo de ciertos sectores de ítaloamericanos enfadados con tanto tópico, la mafia es la protagonista. Y es que aunque Scorsese también haya intentado abarcar otras temáticas como la alta sociedad del siglo XIX en La década de la inocencia; la invasión del Tibet en Kundun; o el cine más cercano a Hollywood con la polémica La última tentación de Cristo; no hay duda de que las malas compañías son lo suyo.

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