Desde que La pasión de Cristo revelara a los espectadores que William Wallace (el de las películas, claro) en realidad era un ultraconservador religioso, un fundamentalista y un sanguinario que para relajarse degüella corderos en su rancho australiano, aunque Mel Gibson siga poniendo ojitos, ya no es lo mismo.

Y eso se ha notado en la promoción de Apocalypto, su tercer ejercicio tras la cámara. La determinación que Gibson mostró en La pasión... por establecer que el realismo de su epopeya mística era proporcional a la cantidad de sangre y de sufrimiento que aparecía en pantalla le ha dejado la fama de sanguinario. Precisamente, ese adjetivo, sea merecido o no, ha sido el más utilizado para describir una película que se centra en los últimos días de grandeza del imperio maya, una civilización que ya de por sí también es retratada como sanguinaria (sea o no sea adecuado tal atributo).

Sin embargo, Apocalypto se revela como algo más que un film con escenas gratuitas de violencia, sangre y vísceras. La violencia está presente de algún modo u otro a lo largo del metraje aunque las mayores dosis de crudeza se concentran a los pocos minutos del principio. Pero justamente también es en el inicio del film cuando Gibson nos propone la historia sobre la que realmente gira la película. O lo que es lo mismo, Gibson nos presenta a una familia de un poblado cualquiera perdido en la selva. Y nos la presenta mediante escenas cotidianas pero al mismo tiempo tan significativas que, a partir de ese momento, el espectador se sentirá cerca y plenamente identificado con los personajes. Así es como Apocalypto también acaba siendo una historia de amor y odio que engancha hasta el último minuto. Toda una proeza si tenemos en cuenta el film te mantiene sentado en la butaca durante ni más ni menos que dos hora y media.

Una película de larga duración exige dos cosas: por una parte, un argumento interesante de principio a fin y por otra parte un ritmo constante. Y lo cierto es que Gibson consigue ambas cosas. La trama es interesante, no tanto por los diálogos, sino por la multitud de detalles que las pocas palabras pero sobretodo el largo minutaje permiten. De hecho, durante dos horas y media, te puedes recrear observando la estupenda y vistosa caracterización de los personajes: sus pinturas de guerra, su poblado, sus heridas y por qué no decirlo, sus vísceras. En este sentido la escena más impactante sin duda es la que se desarrolla en una ciudad maya momentos antes de un sacrificio. En cuanto a la trama, también es importante resaltar la evolución de los personajes (aquellos que no mueren) aunque en un caso en particular, el cambio parece más propio de Superman. Vamos, un pelín exagerado.

Pero si Apocalypto tiene una virtud, ésa es el ritmo constante durante toda la película. En consecuencia el film no decae en ningún momento por lo que la larga duración de la película al menos se hace más fácil de soportar que en tostones como Alejandro Magno o King Kong. En consecuencia, Apocalypto es una película que sí, tiene escena violentas y muchas de ellas totalmente gratuitas y prescindibles (nunca el sonido de las vísceras fue tan constante), pero que también es una buena película de acción.

Por cierto, tanto la interpretación de los actores como el uso del maya yucateco (todo un acierto no doblar una película así) también se reivindican como dos de los puntos fuertes de Apocalypto.

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