Pese a que en el mundo de la música al fin y al cabo lo que importa es que las canciones sean buenas (mucho mejor si los discos también lo son) lo cierto es que tanto en el rock, como en el pop o el heavy, la imagen siempre ha sido un elemento primordial. Incluso en demasiadas ocasiones ha sido la única baza de muchos grupos con poco que decir y mucho tiempo para probarse trapitos y pinturas.

La música es imagen; es Elvis vestido de lentejuelas y con gafas de soldador actuando en un casino de Las Vegas; es Frank Sinatra vestido de traje en blanco y negro y con un whisky en la mano; es Iggy Pop con el torso desnudo y los pantalones apretados saltando como un loco sobre un altavoz; son los flequillos de los Beatles; es Jimmy Hendrix tocando la guitarra con los dientes. Incluso también es Michael Jackson perdiendo sus rizos negros y su piel morena para convertirse en una versión de si mismo pero descolorida, descolocada y en plena caída libre por un tobogán que no sabe donde le lleva.

Incluso podríamos decir que la imagen del rock también es la no imagen. La anti-imagen poco glamorosa de Kurt Cobain con unos tejanos rotos, una camisa a cuadros sin planchar y probablemente sin lavar. El imperdible en la oreja de Sid Vicious y sus ropas rotas (aunque Vivianne Westwood realmente sí que sabía lo que era la imagen). Es la algo cutre apariencia de los Ramones con sus tejanos y sus melenas (por mucho que ahora las tiendas de moda no paren de vender merchandising del grupo neoyorquino).

Sin embargo existen músicos que, aparte de crearse y de tener una imagen realmente representativa y muy atrayente para sus fieles seguidores, también decidieron y optaron por crear un personaje. Quizás Elvis no era consciente o simplemente no estaba en su etapa más discreta (si es que alguna vez la tuvo) pero cuando se ponía esos trajes blancos llenos de pedrería estaba creando un alter ego excesivo, histriónico pero al mismo tiempo también bastante alucinante y provocador. Y de eso se trataba. Por otra parte, lo de Little Richard ya no tiene nombre. No sólo creó a un tipo excéntrico, llamativo e histriónico tanto sobre el escenario como fuera de los focos. Por si fuera poco fue uno de los pioneros en darle a su caracterización el toque homosexual que mataría de asco a alguien como John Wayne. Todo un adelantado a su época.

Pero si hay un grupo clave en esto de la creación de personajes esos son KISS. Quién les iba a decir en sus comienzos que esa idea suya de vestirse con plataformas, pintarse la cara y ataviarse con trajes a medio camino entre la ciencia ficción y el histrionismo les iba a funcionar tan y tan bien. Pero funcionó. Con KISS sus fans no sólo escuchaban música sino que también asociaban el rock con un espectáculo enorme en el que la imaginación y el merchandising con el que pulirse sus púberes ahorros también tenían su vital importancia. Eran el grupo perfecto para evadirse de la gris cotidianidad.

Y lo mismo consiguió Alice Cooper. Aunque si bien KISS representaban la vertiente más festiva y salidorra, Alice Cooper siempre prefirió caminar por el lado oscuro. Lo suyo era montar guillotinas en el escenario, simular decapitaciones, colgarse serpientes alrededor del cuerpo y, sobretodo, intentar atemorizar al personal con su oscura imagen. Aunque Alice Cooper siempre se ha separado su vida privada con la de su personaje (algo que, por otra parte también hicieron KISS), lo cierto es que supo como crear un personaje impactante y bastante novedoso. Un concepto que Bowie, siempre atento, también decidió materializar aunque en su caso apostó más por la marcianada glam. Una peluca pelirroja, un pintalabios, un personaje el espacio exterior y una potenciada ambigüedad sexual jugaron a su favor (aunque también un poco en su contra ya que fue acusado de copión por diversos artistas).

Los ochentas acentuaron esa vertiente teatrera y excesiva de la música. No sólo estaban los mullets, los cardados, las mallas de colores o el maquillaje sino que también había gente como los Mötley Crüe con sus pintas de macarras glammys o Twisted Sister y sus increíbles ropas. Además había músicos como Robert Smith en The Cure con su pintalabios desparramado por la cara y sus pintas de abuelo de Eduardo Manostijeras. Por su parte, en la vertiente heavy, miles de grupos como WASP seguían la tradición oscura de Alice Cooper. Michael Jackson siempre fue un caso a parte. Él era el auténtico personaje.



El minimalismo de los noventa lo rompió en mil pedazos Marilyn Manson. El cantante nunca ha negado sus influencias, es más, ha copiado descaradamente a maestros como Bowie y Alice Cooper. Pero sin duda su imagen de reverendo satánico unida con su ya de por si diabólica apariencia (es feo y siniestro de la hostia) le fueron de perlas para presentarse como el producto más temible que la propia sociedad norteamericana podría haber creado.

Más recientemente, Lordi, en el cutre y desfasado festival de Eurovisión dejaron claro que de vez en cuanto es necesario aportar un poco de magia y espectáculo al rock. Al fin y al cabo, la música también debe servir para soñar y para provocar.

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