La Coctelera

Categoría: S-U

15 Octubre 2009

No es difícil imaginar que tras el éxito de los Crüe con sus trapos sucios y después de haber tratado durante años con alguien como Axl Rose en los Guns, Slash se decidiera a contar su propia versión de los hechos (de momento, sólo en inglés). ¿Cómo pasaron de ser chusma callejera a convertirse en el grupo de rock más polémico y exitoso de su momento? ¿Por qué fueron incapaces de tomar las riendas de su carrera artística tras los "Illusions"? ¿Vive Axl Rose en este planeta?

El libro aborda cronológicamente todo el período que abarca desde que el pequeño Saul Hudson pasa de escuchar los cuentos infantiles que le leía David Bowie en su tierna infancia, a vender millones de discos, chutarse en cualquier sitio antes de llenar estadios para 50.000 personas y tener un final redentor para sus excesos. Sin embargo, a diferencia del libro de los Crüe, Slash no se centra en contar toda la mierda (que la hay, fijo) ni ataca con excesiva saña a sus compañeros. De hecho, en el libro poca gente sale mal parada, excepto, claro que sí, nuestro pelirrojo preferido. Algo que es de suponer si uno ha seguido mínimamente la trayectoria de los Guns N' Roses. Axl es mucho Axl.

Ni que decir, que la biografía es altamente recomendable para todo buen fan del grupo, puesto que se detallan esas anécdotas entrañables que dan vidilla a la biografía de cualquier grupo fetiche. A saber y este caso, cómo vivían Axl y Slash en en un cuchitril inmundo que también les servía como local de ensayo, como surgieron espontáneamente canciones tan míticas como Paradise City (tras un ensayo, y callejeando, Axl empieza a rimar aquello de "Take me down to the Paradise City/ Where the grass is green and girls are pretty" - la improvisación de Slash "Take down to the paradise city / Where de girls are fat and they got big titties" no acabó de agradar a la banda) y esos típicos problemas que provocan las drogas y la fama en exceso.

Sin embargo, el tema central del libro es la relación de amistad - odio entre Axl y Slash. Axl centra buena parte de las críticas pero también de las reflexiones de Slash sobre los Guns N' Roses, que la fin y al cabo y seguramente a pesar de su estupenda parienta, es lo que nos interesa. Todos imaginamos que tratar con un tipo como Axl no es fácil y para Slash sin duda, no fue nada agradable manejar, comprender y aguantar al cantante de Indiana y sus contínuos desplantes en los conciertos; sus decisiones unilaterales acerca de quién y quién no estaba en la banda; sus argucias legales para controlarlo todo y en definitiva, sus paranoias. Para los que aún tengan esperanzas de una posible reunión, digamos que cualquiera se lo pensaría dos (y tres veces) antes de trabajar en un disco con un tipo con el que en las grabaciones ( de los Illusions) sólo te hablas por teléfono, con el que luego sólo hablas a través de un manager (que él ha contratado y al que ves como un "Yes man") y al que no ves ni un pelo durante las giras y que cuando se digna en aparecer lo hace 2 horas tarde. En definitiva, a Slash no se le ve con excesivas ganas ni con la motivación necesaria para volver a tratar con alguien totalmente impredecible con el que siempre debe tener una dosis extragrande de paciencia (y eso que Slash, según él mismo cuenta, de paciencia tiene y mucha, hasta el punto que es inevitable pensar que algo de genio en su vida no le vendría tampoco demasiado mal). El dinero igual es un estímulo, nunca se sabe...

Se hecha a faltar una visión más coral de esta historia de rock and roll, más puntos de vista e incluso, puede que un poco más de chicha (apenas hay anécdotas de la gira de los Illusions si exceptuamos su gira junto a Metallica) puesto que Slash, a pesar de sus críticas al pelirrojo tampoco se muestra muy duro con su ex-compañero. Más bien nos muestra que lo intentó entender pero que no supo como hacerlo.

¿Habrá respuesta a Axl algún día?

10 Septiembre 2009

A Tori se la esperaba con ganas en Nueva York. Así que las entradas para verla en concierto en el Radio City Music Hall, uno de los lugares con mayor aforo y de los más emblemáticos de la City, se agotaron con bastante antelación. Sí, había expectación y también había chicas. Muchas chicas, de todas las edades. No es un estereotipo decir que su música, pero sobretodo la temática de sus temas engancha muy especialmente al público femenino.
Acompañada por un batería y por un bajista que a lo largo de la noche también tocó el violoncelo, Tori abrió el concierto rodeada de pianos con "Give", un tema de su nuevo y décimo álbum, Abnormally Attracted to Sin. La verdad es que con sólo verla unos pocos minutos tocando el piano, te das cuenta de que en directo esta mujer tiene la fuerza y el desparpajo necesario como para sonar (a su manera) contundente y sexy sin que el resultado parezca demasiado forzado.

Tras "Body Soul", cayeron "Cornflake girl", "Icicle" y "Space dog", tres temas de Under the Pink que nos pusieron como una moto mientras Amos ya empezaba a dar taconazos, a mover la melena y a marcar sus poses de fémina de la muerte entre los dos pianos que tocaba a la vez.

Si bien la presentación del show era bastante minimalista, entre la multitud de pianos que Tori iba tocando y la mini banda que la acompañaba hicieron que las canciones tuvieran más fuerza. Y francamente lo agradecí, pues uno de mis temores era encontrarme con un concierto demasiado "acústico", más que nada por el cansancio acumulado por el turisteo.

"Flavor", "Concertina", "Jamaica Inn", "Mary of the Sea" y una bonita "Bells for Her" fueron los siguientes temas de su repertorio. Tras esta última, Tori se quedo sola en el escenario para interpretar su curiosa versión del "Smells like Teen Spirit" (que no me acaba de convencer) y "Winter".

Con la banda de nuevo sobre el escenario, Tori encaró un tramo final del concierto que fue a más en cada canción y que realmente fue muy disfrutable. No en vano se dejó para este último trozo más clásicos como "Little Earthquakes", una más que genial "Precious things", con Tori y la banda dándolo todo y con la pelirroja llegando a esos agudos de cristal, o "Raspberry girl", un tema discotequero que supongo que a más de un fan se le atraganta pero que en directo funciona porque consigue levantar al público de su butaca y porque hace que la Amos se desate cantando de pie o encima del banco para piano eso de "I'm not you señorita".

Pero la mejor canción de la noche fue "Strong black Wine", un tema en el que sonido del Hammond fue el absoluto protagonista y en el que Tori fue de menos a más hasta acabar gritando como una posesa eso de "She can push that motherfucker/She is my mother, fuckerer/She can push that evil from you". Y todo esto, aporreando el Hammond sin parar, sin dejar de moverse y dándole un más que evidente toque sexy a la canción, por si no lo tenía. (Ver vídeo del concierto de Washington).

"Caught a Lite Sneeze" y "Big Wheel" cerraron el concierto y me quedé con ganas de repetir. ¡Que venga de una vez!

(13.08.09) Foto: Spinner, Absence

7 Junio 2007

La calva de Billy Corgan, el alma antaño tiránica (aunque la cosa ahorano tiene pinta de ser más democrática) de Smashing Pumpkins era sin duda el plato mediático del primer dia del Primavera Sound. No en vano el grupo volvía a reunirse con la mitad de sus miembros originales (el calvo y su inseparable Jimmy Chamberlain) casi una década después de que la moda alternativo-depresiva de los noventa pasara definitivamente de moda. Así que ni camisetas de leñadores, ni pantalones roídos, ni velatorios ambulantes a Kurt Cobain, ni "IhatemyselfandIwanna die". En su lugar vestiditos de colores, Converse All Star, música eléctronica a medianoche y un público bastante variado en el amplio (y hasta acogedor) recinto del Fórum. La juventud, esa cosa que cambia.

Menos mal que ahí estuvieron los Melvins y su apología de los graves. A prueba de tímpano. A prueba de baqueta. Todo un reto permancer más de dos minutos cerca de alguno de los altavoces mientras su señor bajista hacía vibrar (literalmente) el pecho de su público. Y ya de record Guiness andar cerca de un altavoz justo cuando hasta 4 personas (una de ellas con pinta de oficinista) se empeñaron en la recta final del concierto en echar a cualquier poppie despistado que jamás hubiera ni tan siquiera imaginado qué se puede hacer con cuatro tipos, dos baterías y casi 20 minutos de golpes y distorsión. Quien estuvo, pudo decir que sin duda fue uno de los conciertos más sentidos. Y no lo digo por el pelo (mítico) de King Buzzo, ni por sus túnicas negras con calcetines blancos (en el caso del bajista) y quizás no tanto por un repertorio en el cayeron temas de su album Houdini como "Night Goat", "Going Blind" o "Joan of Arc". No. Sinó más bien por esa oda final a la gravedad que hizo temblar hasta las pestañas de nuestros incrédulos ojos.

Más relajados parecían Slint quiénes hasta intepretaron un set acústico aunque tener un horario de actuación tan cercano a los Pumpkins bien seguro les perjudicó (como también fue el caso de los Comets on Fire). Porque a las once en punto apareció Billy Corgan con su nueva banda. Está claro que superar la magia de los miembros originales de cualquier banda re-ajuntada es casi imposible. Ejempos los hay a millones a lo largo de la historia de la música. Y el caso de los Pumpkins no es diferente. Sin el introvertido James Iha ni la misterosa D'Arcy, Billy Corgan se ha buscado a unos substitutos que dieran el pego. Así que la sexy Ginger se encarga del bajo (y de recibir piropos del calibre de "jamona" o "cordera") y lo cierto es que sale bastante airosa de del trámite. Con este cambio, el público masculino parece encantado. Menos acertado ha sido la contratación del nuevo guiatarra. Porque vemos, poner a un tío con pinta de hermano tonto de Paquirrín y con horchata corriendo por sus venas no es una buena idea. Qué poco carisma. Qué tontería sobre el escenario. Qué poca cosa. El resultado: Corgan reinado sobre el escenario.

"Revolution", lo que parece ser la intro de su inminente nuevo disco, abrió el concierto y dejó claro que a los nuevos Pumpkins les gusta el blanco y estarían encantados de conocer al sastre de Locomía. Más allá de sus desafortundas pintas (entre ocheteras y gótico de after hour), el concierto despegó rápidamente con las primeras notas de "Today" y de un himno del calibre de "Zero". Lo cierto es que ese inicio resulta bastante indicativo de lo que fue el show: canciones nuevas en las que el público apenas respondía seguidas o intercaladas de los clásicos que hacen a los Pumpkins grandes y que era (a falta de la publicación de su nueva disco) lo que la gente realmente quería escuchar y gritar. Porque sí, porque las nuevas composiciones parecieron no estar a la misma altura de "Thirty Three", "Rocket", la accelerada "Stand Inside Your Love", "Tonight" con luna llena cayendo sobre Barcelona o "Bullet With Butterfly Wings". De hecho, el mejor momento del concierto fue cuando el grupo encadenó la potente "Cherub Rock", seguida de "Disarm" y el himno pop perfecto de los Pumpkins, "1979", y durante el cual la histeria se desató ante una banda donde sólo Corgan pareció tener intención de comunicarse con el público. El pobre Paquirrín directamente daba pena. Quizás les falte rodaje, quizás no sea lo mismo, o quizás todo sea por dinero. Sea lo que fuera, los Smashing Pumpkins deberían sentirse orgullosos de tener un repertorio clásico con la habilidad de tocarte la fibra sensible.

Mucho más movidos y menos nostálgicos estuvieron Meg y Jack White sobre el escanario. También más solos, es verdad, porque la gracia pero también la pega de un grupo tan curioso como White Stripes radicaen su binomio musical. Con dos se bastan para ofrecer una apuesta diferente y sugerente pero quizás no sea lo suficiente como para llenar el escenario. Jack White le hecha ganas y de hecho es él quien mantiene el ritmo del concierto con mucha solvencia (y lo cierto es que pueden ser un grupo muy divertido en directo gracias a esas canciones tan pegadizas). Sin embargo, se hecha en falta algo mas que el tan-tan-tantan-tan-tan-tantan-tan de Meg White. Vamos, que con Dave Grohl por ahí, (por poner un ejemplo de un batería adrenalínico en directo) el concierto podría ser realmente espectacular. Y ni aún ni así fue un mal concierto.

8 Agosto 2006

Más allá de los chinos saltando de prueba en prueba y revolcándose en el fango de la "obra" más conocida de Takeshi Kitano (efectivamente me refiero a "Humor Amarillo"), el director japonés es bien capaz de ofrecernos obras de contrastada calidad.

Y Dolls es una de ellas. La película de Kitano gira en torno a tres hisotrias que se entrecruzan entre sí. Matsumoto (Hidetoshi Nishijima) y Sawako (Miho Kanno), dos jóvenes enamorados separados por un matrimonio de conveniencia que hace perder el juicio a Sawako; un cansado jefe yakuza y su amor perdido (pero eterno) de juventud y, finalmente la peculiar historia de amor entre una estrella del pop con el rostro desfigurado después de un accidente y su fan más acérrimo.

El amor, no obstante es el gran protagonista del film. Pero en Dolls nos encontramos con un amor que duele (¿Por qué Matsumoto y Sawako deben separarse si lo único que quieren es estar juntos?), que en ocasiones es cruel (¿Por qué la estrella del pop sufre un terrible accidente?) o un amor que simplemente se deja escapar y que vuelve para recordar al supuesto frío corazón del jefe yakuza lo que una vez pudo ser.

Ese tierno dolor que comparten las tres hisotrias se narra sin apenas utilizar la palabra. Y es que Dolls es una de aquellas películas en que la historia no avanza mediante ingeniosos diálogos si no que como en Azul de Kiewloski lo que no se dice, porque o hace falta, es el motor de la película. Por este motivo, el film puede resultar bastante lento para el público especialmente si uno no está acostumbrado a mirar una película sin el deber de tener que escucharla.

Así es que otro de los elementos clave de la película son las bellas imágenes que nos muestra Takeshi Kitano. Desde el escenario donde tres hombres mueven a los silenciosos títeres del teatro Bunraku (de ahí el título de la película) hasta los bellos jardines japoneses con sus almendros en flor y ese largo viaje que recorren Matsumoto y Sawako unidos por una cuerda durante las cuatro estaciones del año.

Por lo tanto Dolls es una historia interesante que nos muestra a un director que deja de lado sus habituales demostraciones de violencia para mostrarnos el amor en su expresión más turbulenta.

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28 Julio 2006

"¿A qué huele?" Son las cinco de la tarde y el sol nos sentencia a una condena de 40 grados de temperatura. Tirados en la Plaza del Castillo, en Pamplona, percibimos que ese olor tan significativo que desprende la capital navarresa. Es un aroma dulzón, de tintes peleones y de insultante juventud. La fiesta acaba de comenzar, que corra el vino. Estamos en los Sanfermines.

QUE VER Lo primero es lo primero. Pañuelico rojo al cuello y ropa blanca. Porque sí, del 6 al 14 de julio en Pamplona si alguien va a comprar el pan lo hace con el pañuelo anudado al cuello. Que hay que conducir, que no falte la indumentaria festiva. Que hay que sacar el perro, el pañuelo al menos siempre presente (y que conste que lo de sacar el perro por la noche es normalmente un momento de desahogo en lo que a vestuario se refiere). Da igual que al final del día (que puede ser perfectamente al mediodía) tu cuello esté teñido de rojo a causa del destinte. Es lo de menos. Lo importante es integrarse en la fiesta.

Más que integrados, las cuatro o cinco personas que duermen la mona cerca de la Estación de Autobuses están totalmente desintegradas después de una noche de fiesta. Son casi las doce del mediodía y siguen durmiendo en los bancos de la ciudad. Lo único que puede acabar con su sueño son los rayos de sol que caen sobre sus caras. Abren los ojos y lo que ven es una comparsa de Gigantes y Cabezudos rodeados de su público más incondicioal, los niños. De repente, los cabezudos empiezan a golpear a los niños más mayores con palo en el que en el extremo sobresale un hilo que a su vez conecta con una especie de paquete pequeño. Los niños, lejos de amedrentarse, provocan al gigante. Es como una inocente guerra de golpes en las que, pese al ruido que hace el paquete al contactar con un cuerpo, el daño es mínimo. Los semi dormidos esbozan una pequeña sonrisa y siguen durmiendo.

Todavía sin haver pegado ojo después de una noche de jeurga y a la misma hora del mediodía, dos personas esperan en la Plaza de los Fueros el inicio de la exhibición de Deportes Rurales. Su cuerpo está lleno de agujetas y apenas soportan el calor que esa hora cae sobre sus cabezas. Permanecen quietos y si cierran los ojos son capaces de dormirse levantados. Hoy toca levantamiento de yunke, prueba combinada de aizkolaris y korrikoalis y el espectacular levantamiento de fardo. A lo largo de San Fermín tampoco faltaran las demostraciones de corte de altura o arrastre de piedras con bueyes. La fortaleza física de los participantes de dichas pruebas contrasta con su agotamiento después de más de 15 horas seguidas de fiesta que empezaron la tarde anterior con el Toro de Fuego.

El Toro de Fuego es una actividad que despista. Por su nombre te imaginas a un bravo llegado directamente del averno. Chispas, rayos y centellas salen de su boca y de sus ojos. Que digo, de todos los orificios de su cuerpo. Los mozos, mejor dicho los valientes que se atrevan ante similar salvajada corren un doble peligro: el Toro y el fuego de Belcebú. La tragedia se masca cuando a las diez de la noche te acercas a la cuesta de Santo Domingo (la calle por la que sube el encierro) cerca de la plaza Consistorial y ves a un montón de padres con sus hijos más pequeños. Esperan el Toro de Fuego. Y es ahí cuando empiezas a pensar que algo falla. O ahí hay un gran sacrifico humano o el Toro de Fuego es otra cosa. Inquietos y ojo cuidao, detrás de la barrera, constatamos el nerviosismo de los pequeños antes de la salida del bravo. Pero cuando ves a un toro de cartón piedra al estilo correfoc entiendes porque la mayoría de corredores son niños. No es más que un inocente entreno o simulación para que la infancia saboree un encierro light.

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28 Julio 2006

LA FIESTA "Dentro de Espinete HAY UNA PERSONA". Un camarero de la discoteca del Hotel Eslava de la calle Recoletos acaba de subirse a la barra. Se mueve de manera peculiar ya que da pequeños saltitos sobre sí mismo. Va vestido de blanco y tiene el típico pañuelo rojo anudado al cuello. Hasta ahí, todo correcto. Lo raro es lo que canta. Dice no se qué de Espinete. En su camiseta pone "Dentro de Espinete hay una persona". Y eso es lo que dice la canción que suena. ¿Cómo? Al otro lado de la barra, la gente grita con las venas del cuello hinchadas. No hay quien se entere. "Otra vez, otra vez, Es-Pi-Ne-Te", celebran los acólitos (y alcohólicos, al menos esa noche) que allí se han reunido. ¿Pero quién hay dentro de Espinete? La duda se desvela a los pocos segundos. El estribillo de la canción resuelve el enigma. Además, por si alguien no se entera con la cogorza, el camarero bailón también lleva la solución escrita en su espalda. "Se llama Chelo Vivares...y es una tía". No tiene sentido, pero hey, tampoco lo tiene el hecho que el barman acabe su danza (que repite cada hora más o menos)lanzando vasos de cartón a su acérrimo público. Se baja de la barra y sigue sirviendo como si nada.

En la Peña Konebane situada en un local de la plaza Virgen de la O (o Virgen del Botellón, por blasfemar un poco) una chica que dice ser canadiense también se sube encima de la barra. Va mal. Es más, en su cabeza todo es una fiesta. En la peña suena música de pachangueo: "Y.M.C.A", "Vivir así es morir de amor" y clásicos populares de inigualable rima como "Saaaancho paaanza, Quijoooteeee saaaancho". La gente de la barra abre botellas y moja al personal. La chica que "danza" encima de la barra también recibe el chaparrón. El alcohol y el calentón provocan que un miembro de la peña (o sea, un tío, aunque parezca que los miembros tengan vida propia) se suba a la barra. Y la canadiense y el chico de la barra bailan juntos hasta que la chica se resbala y se la pega de manera espectacular. Una caída fulminante, rápida, durante la cual nadie es capaz de reaccionar para evitar que las posaderas de la girl sufran. Aun y así, la tía sobrevive. ¿Por qué? Porque lo que quiere es más fiesta. Al cabo de unos minutos, el chico que acompaña a la canadiense y que pese a verla mal la ha seguido invitando a cubatas, decide (tarde, muy tarde) sacarla del local y llevársela a dormir.

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28 Julio 2006

EL ENCIERRO A las 6 de la mañana en la calle Jarauta (una de las que más fiestas acoge) dos chicos duermen con la boca abierta. Les cae un poco de babilla nocturna de la boca. La gente, lejos de dejar dormir a los chavales, prefiere cantarles canciones. También hay quien les tira pipas y quien se toma instantáneas junto a ellos. Claro que los chicos durmientes no perciben la mofa que se está produciendo a su costa. Únicamente se despiertan cuando el griterio y las risas son ya atronadoras.

No muy lejos de allí y cerca de la cuesta de Santo Domingo, las dos personas que no sabían exactamente lo que era el Toro de Fuego y las mismas que fueron a ver los Deportes Rurales están subidas en lo alto de una de las vallas que delimita el recorrido del encierro. Son las 7.45 de la mañana y quedan 15 minutos para que los toros enfilen Santo Domingo rumbo a la calle Estafeta. El punto y final del encierro lo pone la Plaza de Toros de la ciudad y que tiene en sus puertas un busto de homenaje al escritor y gran divulgador de la fiesta pamplonica, Ernest Hemingway. El busto es el encargado de dar la bienvenida a los corredores antes de que entren corriedno en la plaza.

Pero volvamos a la calle Santo Domingo. Varios corredores calientas sus piernas. Otros, por el contrario, leen relajadamente El Diario de Navarra o incluso más periódicos (para contrastar). El nerviosismo se hace evidente a estas horas. Más abajo de la calle, los mozos cantan a San Fermín. Le piden suerte. Ha llegado el momento. Suena un cohete y empieza el encierro. Más arriba hay mozos que ya se meten detrás de las barreras ante la mirada burlona de un Policía Floral que exclama: "Pero tío, que no han llegao, ¡pa' eso no te metas!". Pero el mozo ya está dentro y ve como los 6 toros se abren paso entre la multitud.

En la Plaza de Toros los toros aun no han llegado pero ya hay corredores que se pasean por la plaza bajo una lluvia de objetos procedentes del público que se sienta en las gradas. "¡Cobardessss!", grita la plaza entera. Los que más cariño reciben son los primeros en llegar. Cerca del tendido, una mujer pelirroja hace un buen rato que está sentada con un vaso en la mano. Ahora está atenta a la llegada de los toros, pero a las 7 de la mañana y a ritmo de la música procedente de una orquesta que se había situado en medio de la arena de la plaza, se ha liberado. Ha enseñado múltiples veces sus tetas a ritmo de "Paquito El Chocolatero" y se ha convertido en la protagonista de la mañana. O de la noche, da igual. "Teeeetas, teeeetas" coreaba la plaza.

Pero por fin llegan los toros del encierro y la gente aplaude. Un encierro más, un día menos. En las gradas dos chicos procedentes de Badalona y otro de procedencia no precisada quieren saltar a la arena. Y lo hacen cuando salen las vaquillas, un show de lo más divertido y que tiene lugar justo después que los bravos del encierro sean a su vez encerrados de nuevo. "Venga, va sí, como machotes" bromean los tres chicos y finalmente deciden bajar. Van directos hacía la entrada de las vaquillas de la plaza y, una vez que llegan allí, se agachan. Esperan la salida de la vaquilla. Mejor dicho, esperan el salto que la vaquilla tendrá que realizar para superar un obstáculo situado justo a la salida de su callejón y que está formado por gente de diferentes nacionalidades que como los tres sitios se han agachado al suelo. La vaquilla coge carrerilla y salta por encima de sus cuerpos trasnochadores. A partir de ahí, el animal va dando vueltas a la plaza intentado embestir a los mozos que ella elija.

Es sábado 15 de julio. Se han acabado los Sanfermines y Pamplona parece otra ciudad. Una ciudad sin ruido, sin demasiada gente y limpia de nuevo. Hasta el año que viene.

Fotos: Toni Pérez

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